Aquí y ahora: lo que la improvisación teatral nos enseñó sobre la confianza en un contexto de privación de libertad

Todos, alguna vez, hemos sentido el peso de una mirada ajena. Entrar a una sala donde no conocemos a nadie despierta preguntas silenciosas.
¿Quiénes son estas personas? ¿Qué esperan de mí? ¿Cómo debo actuar?
En un contexto penitenciario, esas preguntas adquieren otra dimensión. La vida cotidiana está atravesada por normas, vigilancia y evaluaciones permanentes. Antes de comenzar el taller comprendimos que ese contexto entraría a la sala con nosotres. Nuestro primer desafío sería crear las condiciones para que cada participante pudiera jugar sin sentirse expuesta.
La experiencia se realizó en la Corporación Abriendo Puertas con doce mujeres de entre treinta y cincuenta años. El taller reemplazó temporalmente las actividades escolares durante las vacaciones de invierno y se desarrolló en dos jornadas, separadas por una semana. Cada encuentro se extendió desde las 14:20 hasta las 16:00 y estuvo a cargo de dos facilitadores con experiencia en improvisación teatral.
Contábamos con una sala que nos permitía movernos con libertad y con música para acompañar la llegada. El espacio estaba listo. Faltaba descubrir qué ocurriría dentro de él.
Llegamos con respeto, sin intentar conquistar al grupo mediante una simpatía fabricada ni asumir una posición paternalista. Queríamos encontrarnos con ellas desde el mismo lugar en que nos gustaría ser recibidos (as/es): con dignidad, curiosidad y disposición para escucharnos.
La pregunta que acompañó la experiencia fue:
¿Qué ocurre cuando la improvisación teatral entra en un contexto de privación de libertad?
Dos jornadas no alcanzarían para ofrecer una respuesta definitiva. Sí podían dejarnos escenas, indicios y preguntas mejores que las que llevábamos al entrar. Entre todo lo que ocurrió, hubo algo que comenzó a ocupar el centro de nuestra observación: la confianza.
Antes de jugar
Comenzamos estableciendo algunos acuerdos. Cuidaríamos a quien se atreviera a participar, escucharíamos sin descalificar y el error no dejaría a nadie fuera del juego. Decirlo era necesario, aunque pronto comprobamos que declarar un espacio seguro no lo convierte automáticamente en uno. Si bastara con anunciarlo, probablemente existirían carteles para resolver casi todos los problemas humanos.
Después llegaron los juegos.
Durante el primer encuentro realizamos ejercicios de presentación, atención y construcción colectiva: Nombre y movimiento, Zip-Zap, Casa–Inquilina–Terremoto, fotografías humanas y pequeños diálogos creados desde el “sí, y…”. En la segunda jornada incorporamos Bilibilibop, Freeze, pasarela de objetos, Árbol–Manzana–Gusano y construcción de lugares imaginarios.
Parecían actividades sencillas. Algunas consistían en pasar una palabra, transformar un objeto o entrar en una fotografía hecha con cuerpos. Para que funcionaran había que mirar a otra persona, reconocer su propuesta y entregar algo que le permitiera continuar.
La impro reduce el tiempo disponible para corregir cada gesto antes de mostrarlo. La respuesta aparece mientras todavía la estamos construyendo. En ese intervalo se vuelven visibles algunas maneras de relacionarnos: quién toma la iniciativa, quién espera, quién intenta controlar la historia y quién recoge una idea ajena y la ayuda a crecer.
Keith Johnstone (1981) estudió la importancia de aceptar las propuestas y los efectos que produce bloquearlas dentro de una escena. La aceptación permite reconocer la realidad que otra persona acaba de introducir y trabajar con ella. Si alguien anuncia que el barco aterrizó en el desierto, discutir durante cinco minutos que los barcos no aterrizan puede ser razonable, aunque ofrece muy pocas posibilidades teatrales. La escena comienza a crecer cuando otra persona recibe esa idea y agrega algo.
Durante el taller vimos aparecer ese movimiento sin convertirlo en una clase teórica. Las participantes comenzaron a sostener las propuestas de sus compañeras. Importaba cada vez menos quién había tenido la idea original. La historia pertenecía al grupo.
En el paraíso
Uno de los momentos que mejor conserva la experiencia ocurrió durante Árbol–Manzana–Gusano.
Una participante pasó al centro. Le preguntamos quién era y respondió con tranquilidad. Luego quisimos saber cuántos años tenía. Volvió a contestar y asumimos que hablaba desde su propia vida, que había dejado momentáneamente el personaje y respondía como ella misma.
Entonces llegó la tercera pregunta:
—¿Dónde estás?
Extendió lentamente los brazos, inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y respondió:
—En el paraíso.
La respuesta modificó la sala.
Los muros seguían ahí. También las normas, la vigilancia y todo aquello que el juego no podía cambiar. Durante unos segundos, sin embargo, miramos el lugar que ella había creado. La escena ya no estaba definida únicamente por el espacio material que compartíamos. También existía ese paraíso sostenido por un cuerpo, una frase y la disposición del grupo a imaginarlo.
Donald Winnicott (1971) situó el juego en un espacio potencial entre la experiencia interior y el mundo exterior. Allí es posible crear, probar sentidos y relacionarse con la realidad de una manera que no queda completamente determinada por ella. La escena de aquella tarde nos permitió comprender algo de esa idea. La participante no negó el lugar donde estaba. Abrió otro espacio dentro de él.
La imaginación no modificó su situación jurídica ni las condiciones materiales de la privación de libertad. Le permitió, durante unos instantes, decidir qué lugar quería hacer aparecer ante las demás.
Al principio éramos fomes
Otra escena llegó al finalizar el taller.
Mientras conversábamos sobre la experiencia, varias participantes nos contaron que al comienzo les habíamos parecido “fomes”. Esperaban algo más rápido, más espectacular o simplemente distinto. La observación tenía bastante sentido. Nosotros (as/es) habíamos entrado con acuerdos, nombres y movimientos pequeños cuando quizá ellas esperaban que el espectáculo comenzara de inmediato.
Podrían habérselo guardado. Eligieron contárnoslo.
Esa franqueza fue uno de los indicios más interesantes de la confianza que empezaba a aparecer. Podían decirnos cómo nos habían visto, incluso si la opinión no resultaba especialmente halagadora para quienes acabábamos de entregar diplomas.
También dijeron que algo había cambiado mientras jugaban. Empezaron a conocerse entre ellas, a conocernos a nosotros (as/es) y a sentirse parte de lo que estaba ocurriendo. El grupo no apareció cuando anunciamos su existencia. Fue tomando forma en las miradas, en los errores compartidos y en las propuestas que alguien decidió recibir.
La experiencia tuvo una continuación que nosotros (as/es) no vimos. Cuando terminaron las vacaciones y las participantes retomaron sus clases, la profesora les pidió que le contaran qué habíamos hecho durante aquellas dos jornadas. Ellas eligieron una manera bastante más efectiva de explicárselo: le hicieron el taller.
Repitieron los juegos, reconstruyeron las consignas y guiaron la clase con sus propias palabras. Esta vez nosotros (as/es) no estábamos en la sala. Tampoco habíamos dejado instrucciones para que aquello ocurriera.
Después, la profesora nos contó:
—Olvídate cómo me reí con ellas, increíble las actividades, las encontré fascinantes, genial. Fui techo, inquilina, elefante, un retrato en el Paseo Ahumada, estuve en la plaza, en una sala de espera.
Los nombres habían cambiado un poco en el camino. Casa–Inquilina–Terremoto ya tenía techo y el resto de los ejercicios se había mezclado con los lugares que ellas mismas inventaron. Eso también era impro.
Habían recibido una experiencia y decidido hacerla avanzar. Ocuparon el lugar de quienes conducían el juego y llevaron la propuesta hacia alguien que no había estado allí. Ya no se trataba solamente de entrar en una escena. Ahora podían sostenerla con otra persona.
Desconocemos cuánto perduró aquel movimiento y qué significado tuvo para cada una. Sabemos algo más sencillo: al volver a clases, seguían jugando. Y esta vez la propuesta era de ellas.
Amy Edmondson (1999) define la seguridad psicológica como la creencia compartida de que un grupo permite asumir riesgos interpersonales. Su investigación se desarrolló con equipos de trabajo, por lo que trasladar sus conclusiones directamente a un contexto penitenciario sería improcedente. La idea ofrece, de todos modos, una referencia útil para mirar lo que ocurrió: participar en un juego, proponer algo incierto, equivocarse frente a otras personas y decirles a los facilitadores que al principio parecían “fomes” implicaban distintas formas de exposición ante el grupo.
La confianza no apareció al pronunciar las palabras “espacio seguro”. Hubo que comprobar que el error no traía una sanción, que una idea extraña podía encontrar continuidad y que nadie sería ridiculizada por no saber qué hacer. Los acuerdos adquirieron sentido cuando comenzaron a cumplirse en la experiencia.
Lo que el juego hizo posible
La impro fue una parte de lo ocurrido. También intervinieron la sala, los acuerdos, la disposición de las participantes, la presencia de les facilitadores y la manera de conducir cada ejercicio. El juego ofreció una estructura donde ciertas acciones podían repetirse: mirar, proponer, aceptar, equivocarse y continuar.
En ese recorrido aparecieron la risa, la creatividad y la colaboración. También hubo cautela y momentos en que las consignas no funcionaron como esperábamos. La confianza avanzó a su propio ritmo: a veces se dejaba ver y otras volvía a esconderse. Dos encuentros permiten reconocer esos movimientos, aunque no afirmar que hayan producido una transformación estable.
Al finalizar la segunda jornada, las participantes escribieron algo de lo que se llevaban de la experiencia. Este artículo recoge esas devoluciones, las conversaciones de cierre y nuestras observaciones como facilitadores. Su alcance es acotado. No constituye una evaluación de impacto ni permite generalizar lo ocurrido a otras experiencias penitenciarias.
Sí permite reconocer algunas condiciones que parecieron favorecer la confianza: una participación gradual, reglas sin eliminación, permiso para equivocarse, propuestas ficticias que no exigían revelar la propia historia y facilitadores dispuestos a jugar sin ocupar siempre el centro.
La ficción ofreció una distancia importante. Cada participante podía convertirse en árbol, manzana, gusano o habitante de un lugar imaginario. Si desde allí aparecía algo personal, ella conservaba la posibilidad de decidir cuánto mostrar.
Augusto Boal (1979) entendía el teatro como un espacio de ensayo para la acción y la transformación. En nuestra experiencia, la impro permitió ensayar una forma de relación: escuchar una idea sin destruirla, prestar atención a quien entra en escena, sostener una propuesta incierta y descubrir que el error no necesita convertirse en una identidad.
Ser vista
Al terminar el taller comprendimos que Zip-Zap nunca había dependido solamente de la velocidad ni de la coordinación del grupo.
El juego comenzaba cuando una participante buscaba a otra con la mirada y le entregaba la palabra. La segunda debía reconocer que ese gesto iba dirigido hacia ella, recibirlo y decidir qué hacer a continuación. Durante unos segundos, alguien la había elegido para que la escena continuara.
Quizá allí comenzó a insinuarse la confianza.
Los barrotes permanecieron. Las reglas también. Dentro de ese espacio apareció, sin embargo, una relación que no estaba organizada únicamente por la vigilancia, la evaluación o el expediente. Alguien miraba a otra persona porque necesitaba de ella para continuar el juego.
La potencia de la impro puede estar ahí: en las historias que inventa y en el instante en que alguien vuelve a sentirse parte de una historia compartida.
Y, algunas veces, en la posibilidad de cerrar los ojos, extender los brazos y hacer aparecer el paraíso en medio de una sala donde nadie lo había visto venir.
Referencias
Boal, A. (1979). Theatre of the Oppressed. Pluto Press. https://www.plutobooks.com/9780745399431/theatre-of-the-oppressed/
Edmondson, A. C. (1999). Psychological Safety and Learning Behavior in Work Teams. Administrative Science Quarterly, 44(2), 350-383. https://journals.sagepub.com/doi/10.2307/2666999
Johnstone, K. (1981). Impro: Improvisación y teatro. Routledge. https://edraschile.cl/wp-content/uploads/2025/10/Keith-Johnstone-Impro.pdf
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego. Routledge. https://catedraedipica.wordpress.com/wp-content/uploads/2010/02/winnicott-realidad-y-juego.pdf
